Presunción después de medio siglo.

Autor: Raúl Morales Gomez

Transcurría el año 1964, yo cursaba entonces el tercer año de los estudios secundarios (hoy 9no. Grado) en la Escuela Secundaria Básica de becas ¨Pablo de la Torriente Brau¨en Miramar. Me había incorporado a este Centro en enero de 1962 procedente de mi ciudad natal, Ciego de Ávila, con 11 años, al iniciarse el Plan de Becas. Aunque mi transcurso por la primaria me había dotado de una base general que considero satisfactoria, fue aquí que comencé a formarme el hábito de estudio sistemático y un deseo de apropiarme de los conocimientos impartidos, especialmente en las ciencias. Ya para esa época mis notas como promedio superaban los 90 puntos (sobre 100).

En ese momento existía un programa televisivo los fines de semana, en el cual participaban Escuelas Secundarias de la capital, que consistía en una competencia de conocimientos de la asignatura Física. Desde entonces, esta resultaba ya mi preferida entre las ciencias, lo cual, y a través de los años, hasta hoy, se ha mantenido. Así las cosas, se convocó a un examen entre los alumnos para seleccionar el equipo que nos representaría en dicha competencia. Sin necesidad de pensarlo mucho, decidí presentarme. Respondí las preguntas con seguridad y obtuve finalmente la nota de 99 puntos, que fue la más elevada de todas. Esperaba solo la selección que seguro estaba encabezaría. Contrario a eso, la selección demoraba sin que se expusiera motivo lógico alguno. Posteriormente nos informaron que se efectuaría un nuevo examen con los que habían aprobado el primero, sin explicación sobre tal proceder. Según lo previsto, se efectuó dicho examen, que también respondí a cabalidad y resulté la más elevada nota, solo con la diferencia de que ahora era de 100 puntos. Supuestamente se había despejado cualquier duda. Sin embargo, se repetía el silencio, la ambigüedad….

Finalmente, se informó de forma individual la designación de los miembros del equipo. Para sorpresa de todos los involucrados, especialmente para mí, yo no estaba incluido en el equipo. Acudí al personal docente encargado del asunto y con evidente contrariedad solo atinaban a decir que esa era la selección que se había decidido. Mis relaciones con esos profesores y alumnos eran buenas, tampoco tenía problemas disciplinarios y de otro tipo que dieran posible explicación al asunto. Evidente era el disgusto de muchos amigos y amigas, pero nada cambio. Llego la competencia y era yo el primero frente al televisor, respondiendo ante los demás las preguntas, como última alternativa para evidenciar la injusticia cometida. Así, llego una pregunta que respondí correctamente, a diferencia del concursante que falló. Sinceramente lo sentí por él, que era un buen compañero, pero también me sentía satisfecho de haber puesto en evidencia la injusticia. Concluyó de este modo la participación de nuestra escuela en esta competencia.

Pasó rápido el tiempo y otros muchos acontecimientos propiciaron que, en medio de aquel ambiente en que me sentía bien, este evento fuese prácticamente olvidado. Meses más tarde pasé al Pre Universitario, y fui seleccionado para uno distinto al de la mayoría de mis compañeros. De esta forma, no tuve más contacto con aquellos profesores y casi tampoco con algunos alumnos, para tratar de aclarar lo ocurrido. Algunas cosas, aparentemente olvidadas, vuelven a nuestro recuerdo con el paso de los años; así ocurrió en este caso. Sin embargo, me resulta muy difícil descifrar el enigma al cabo de tantos años, cuando he perdido el vínculo con todos los que probablemente conocieran del asunto.

Desde hace algunos años, en nuestra sociedad se habla de un modo más amplio y frecuente acerca de la discriminación, que va más allá que el por motivo del sexo y el color de la piel.

No he dicho que desde el momento de mi formación fetal y posterior nacimiento, me falta la mano derecha. Ante esa realidad he desarrollado una vida sin limitaciones ni sobreprotecciones, por lo cual guardo especial agradecimiento a mis padres, por la crianza de que fui objeto. Un solo ejemplo de esto lo fue haber cursado estudios militares como cadete en el 1er. Curso de Ingenieros del Instituto Técnico Militar José Partí. Allí y en el resto de mi larga vida militar, solo me diferenciaba en el saludo que fui autorizado a ejecutar con la mano izquierda.

Para el que no me conoce le digo que fui jugador de pelota de manigua, practicaba ejercicios como planchas y levantamiento de pesas, jugaba voleibol, tiraba bien con fusil y regular con pistola, etc. En fin, he llevado una vida normal, sin limitaciones.

Analizando lo expuesto, a la distancia de algo más de medio siglo, valoro la posibilidad real de que entonces, no se haya considerado pertinente presentar ante las cámaras a un alumno con esta condición física. Ciertamente esto no pasa de ser una hipótesis, pero consultada con varios contemporáneos, también lo consideran una posibilidad real. Si así ocurrió, deben haber enfrentado aquellos profesores unos desagradables momentos resultado de tales prejuicios. Deseo de todo corazón que nuestra sociedad haya superado situaciones así, de modo que en la actualidad sea imposible siquiera suponer una hipótesis similar.

Expreso reiteradamente el carácter objetivo de lo ocurrido y a la vez, la subjetiva presunción de la causa. Cada lector puede formarse su propio criterio e incluso, exponer sus opiniones respecto al asunto.

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