

En este mes de octubre de 2019 se cumplieron 56 años del paso por nuestra país del ciclón Flora, que constituyó el segundo fenómeno natural que más víctimas fatales causo en nuestro país, además de las innumerables pérdidas materiales que nos dejó.
Siendo entonces casi un niño, sufrí la influencia directa de ese fenómeno tan grande, que a pesar del tiempo trascurrido, conservo vivos recuerdos de esos momentos. Entonces corría el mes de setiembre de 1963 y había concluido el 2do. Año de la Escuela Secundaria Básica (hoy 8vo. Grado) en la Escuela Pablo de la Torriente Brau, del Plan de Becas en Miramar y precisamente en octubre cumpliría 13 años. Como el año anterior, iríamos a recoger café a la entonces provincia de Oriente.
En un largo viaje en Ómnibus Escolares fuimos hasta Guantánamo, donde, tras una breve escala, continuamos viaje en camiones con rumbo norte hasta el poblado de Bayate, enclavado en una región que recuerdo ondulada más que montañosa. A su vez, desde allí, nuestra brigada, de unos 15 miembros, fue destinada a una finca en Limoncito, a unos cuantos kilómetros que recorrimos a pie. Fuimos ubicados en una instalación concebida para almacén de café, con muy buenas condiciones constructivas, donde predominaba la madera de Caguairán. Esta se encontraba ubicada en la cima de una pequeña elevación y al frente estaba la casa del administrador, apodado Camagüey, con buenas condiciones, dado lo intrincado del lugar. Abajo, a unos 150 o 200m, corría un pequeño río con agua cristalina y buenas pocetas para el baño diario. Desde una de estas pocetas, había una tubería que iba hasta la vivienda del administrador, desde donde se bombeaba agua para las diversas necesidades. De allí nos abastecíamos del agua necesaria, principalmente para la elaboración de la alimentación, cuya confección corría a cargo de uno de nosotros.
Al día siguiente de nuestra llegada comenzamos la recogida del café. Allí nos sentíamos relativamente cómodos, porque el año anterior habíamos sido ubicados en una zona muy elevada e intrincada de la Sierra Maestra, bien al sur del poblado de Guisa con muy duras condiciones de vida.
Después de varios días allí, ocurrió un importante acontecimiento para el país: la promulgación de la 2da. Ley de Reforma Agraria. La finca en que nos encontrábamos, estaba entre las intervenidas. Este hecho provocó una airada reacción del administrador “Camagüey”, que se sentía tan afectado como si fuese el dueño. Ya se anunciaba el acercamiento del ciclón Flora. En esta coyuntura,el p0ersonaje se presentó ante nosotros (aquel pequeño colectivo en que posiblemente ningún miembro superara los 15 años) y nos informó que no podríamos usar más el agua aledaña a su vivienda ni la leña apilada allí. Tendríamos que buscar el agua en el río y la leña en los cafetales. Esta medida era arbitraria e inhumana en cualquier condición, pero mucho más ante la cercanía de un ciclón, que nos impediría hacer lo uno y lo otro. Visto con la óptica de hoy, a esa altura ya hubiésemos sido evacuados, sin embargo, entonces no existía la Defensa Civil, ni tampoco teníamos la compañía de un profesor o personal responsable. El jefe de la brigada era uno de nosotros. Sin embargo, ante aquellas amenazas de aquel incondicional instrumento de un dueño que nunca fue por allí, ninguno de nosotros flaqueó y mucho menos pensó en desertar.
Para los lectores que por su edad no vivieron esa etapa hay que decir que entonces, los padres no acudían a visitarnos a aquellos distantes lugares, de los que además, la mayoría no tenía idea exacta de donde se encontraban y como acceder a ellos. Allí estábamos alumnos de todas las provincias del país.
En estas circunstancias, fuimos objeto de una muy oportuna visita: el padre de uno de nosotros, combatiente del Ejército Rebelde que prestaba servicios en el entonces Batallón Fronterizo,decidió llegarse hasta allí dada la situación meteorológica creada. De inmediato lo pusimos al día de las amenazas de aquel abusador al cual localizó de inmediato. Aquel cobarde cambiaba de colores, temblaba, no encontraba forma de desvirtuar sus amenazas. Al final, prometió solemnemente, estar al tanto de cualquier necesidad nuestra y resolverla. El tipo se convirtió de gavilán en paloma por el resto del tiempo en que estuvimos allí.
Acudiendo más a documentos de la época que a los recuerdos, debe haber sido alrededor del 4 o 5 de octubre cuando comenzaron las aguas y los vientos del ciclón .En la espera de la llegada, un grupo de nosotros fue a la Tienda del Pueblo distante de 1 a 2 km de allí para recoger galletas, café, azúcar y otros alimentos nuestros que no habíamos extraído aún. Después de un viaje de ida sin mayores contratiempos, al regreso comenzaron lluvias intensas. Entonces, un pequeñísimo arroyo que pasaba entubado por debajo del terraplén, creció y se fue por encima del terraplén. Si se esperaba la cosa se pondría peor, de modo que se intentó el cruce a cualquier precio y en ese intento se perdieron casi todos los alimentos y algunos compañeros sufrieron buenos sustos que por suerte no pasaron de ahí. Se intensificaron los vientos, pero sobre todo las lluvias. Una característica de este fenómeno en la región en que estábamos fue su larga duración, con algunos periodos de intermitencia. Después supimos que su trayectoria hizo un lazo sobre nosotros por lo que cuando pensábamos que se alejaba, retornaba nuevamente. En esta época no existía el sistema de presas que la Revolución construyó después, lo que unido a los records de lluvia caídos, provocó una sobre saturación de los ríos. Eran numerosos los terrenos inundados. El sistema de puentes sufrió enormes daños y los ríos, al atravesar las carreteras interrumpieron cientos de metros y hasta kilómetros. El gran ejemplo fue la enorme afectación de la carretera central, de kilómetros, por el desborde del río Cauto.
Por suerte, nuestro albergue se comportó de forma sobresaliente, unido a la elevación en que estábamos, que impidió la mínima acumulación de agua, a pesar de que el arroyo cercano alcanzaba enorme caudal de cientos de metros de ancho por donde pasaban flotando palmas, otros árboles, animales mayores, etc. Todos esos días nos alimentamos con alguna reserva de alimentos, unido a ciertas cantidades de plátanos que obtuvimos de los que crecen libremente en el interior de los cafetales.
Recuerdo que después de pasado el ciclón, en cuanto hubo un mínimo de condiciones, recomenzamos el trabajo de recogida del café, allí donde era posible. Paralelamente, nos llegaron con rapidez los alimentos así como alguna otra cuestión necesaria.
Calculo que alrededor de dos semanas después habíamos cumplido el plazo de estancia previsto y llegaba el momento de la retirada. Pero las afectaciones de las vías, principalmente los puentes destruidos, hacían imposible efectuarlo por la vía Guantánamo- Santiago- Bayamo-Holguín. Por ello, la retirada se efectuó por todo el norte de Oriente, pasando los ríos a través de desvíos construidos para ello. Así, mediante un largo viaje, por el norte de la provincia de Oriente fuimos a salir a Holguín. Esta retirada nos permitió evaluar en una magnitud mayor el total de los daños de los que hasta entonces solo teníamos una idea del entorno cercano en que nos mantuvimos.
Concluía así, en lo personal, la mayor experiencia que hasta hoy he vivido, relativa a la afectación por fenómenos naturales. De entonces acá el país se ha desarrollado significativamente. Entonces no existía la Defensa Civil cuya organización y eficiencia es un orgullo hoy. Tampoco un sistema de presas para el almacenamiento de recursos hidráulicos. Nuestra sociedad en general tiene un nivel de desarrollo y organización, que nos pone en condiciones muy superiores para enfrentar fenómenos similares. Esto se ha evidenciado en numerosos fenómenos que hemos afrontado exitosamente en los últimos años.