Dos intensos y emotivos recuerdos de mi infancia y adolescencia.

Raul Morales Gomez.

En estos días todo nuestro pueblo lleva a cabo numerosas actividades, de diferentes tipos, en el marco de la Jornada Camilo- Che. Personalmente acuden a mi memoria recuerdos numerosos relacionados con uno, otro o ambos legendarios héroes. De todos esos recuerdos hay dos que aunque uno y otro los comparto con miles de cubanos, conservo con especial emoción:

Transcurría el irrepetible año 1959, mientras con mis 8 años cumplidos, disfrutaba en mi natal Ciego de Ávila de los trascendentales acontecimientos que con la Revolución tenían lugar a la vez que cursaba la primaria. En los primeros meses, tal vez abril o mayo, se convoca a una manifestación popular de apoyo a las leyes revolucionarias, en el entonces Palacio de Justicia local, donde participaría Camilo Cienfuegos. Me es casi imposible describir el significado para mí del héroe. Tal vez sería mejor acudir al poeta que describió como Reyes Magos a los barbudos que bajaban de las montañas. En mi mundo infantil de entonces, la realidad de las hazañas de los héroes de la Revolución superaban a los mejores libros de aventuras que conocía hasta entonces. En esa aventura real que era la Revolución, junto a otros compañeritos del barrio, decido participar de la concentración. Estando allí, en una tarde soleada, ya sentíamos sed después de un algún tiempo esperando por la llegada de Camilo. Decido entonces salir hacia afuera de los allí concentrados para ir a tomar agua a casa de una tía que vivía cerca de allí. Casi había salido cuando, en una esquina próxima se detiene un carro oscuro y mi intuición me impulsa hacia allí. Efectivamente, al abrirse la puerta del vehículo, salía el Comandante Camilo Cien fuegos y allí, a un escaso metro estaba yo, por obra de la casualidad, para recibirlo. Entonces me da un fuerte abrazo el hombre de la eterna sonrisa, mientras mi corazón latía mucho más que a cien veces por minuto. Casi de inmediato una oleada humana empujó mi pequeño cuerpo y fui a parar al piso mientras se rasgaba la rodilla y con ella el pantalón escolar. Fue como un sueño, que después de más de 60 años recuerdo de una forma nítida y emocionada. De entonces hasta hoy, conservo ese encuentro instantáneo y casual con especial orgullo y una fuerte emoción. Un fugaz e intenso recuerdo de la infancia Había tocado a la historia, con mi cuerpo y mi mente infantil. Varios meses después, conocí de su desaparición física y recuerdo las intensas acciones en su búsqueda por aire, mar y tierra. Al final, Fidel nos convocó a aceptar la triste realidad y planteó algo que entonces, dada mi niñez no comprendí totalmente y que el tiempo me lo ha demostrado: “ En el pueblo hay muchos Camilo”.

El tiempo siguió su andar y aquel niño continuó creciendo como parte activa de las transformaciones que ocurrían en nuestra patria. En 1967 ya era un adolescente y cursaba el primer año como cadete del Instituto Técnico Militar “José Martí”. En los primeros días de octubre habíamos tenido la amarga noticia de la caída en combate del Che, del cual conocíamos de su actividad internacionalista desde que el Comandante en Jefe había leído su Carta de Despedida el 1965. Hasta ese momento no conocíamos de su paradero exacto. Entonces se convoca a una Velada Solemne en la Plaza de la Revolución en homenaje al Che. Recuerdo claramente nuestra posición frente a la tribuna, así como el desarrollo de la velada, con una música que calaba el alma y un sentido poema de Nicolás Guillen dedicado al Che. Concluyó la velada un emotivo discurso de Fidel. En mis ya largos años ha sido esta la más sentida y luctuosa actividad en que he participado. En medio de un silencio total permanecíamos tristes y a la vez gallardos los muchos miles de cubanos presentes. Ese día, 18 de octubre de 1967, cumplía yo 17 años de edad.

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